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EL HOMBRE DESCALZO Y EL CADÁVER DEL RÍO. Por Ricardo Iribarren

 

 

 

Con los pies desnudos, me había propuesto caminar por el sendero agreste que iba desde el embalse del norte del río, hasta el recodo del sudeste; un total de siete kilómetros.  

 

Morenos y curtidos por el constante sol en los empeines;  con las plantas más gruesas que el común de las personas, esa mañana algo había cambiado en mis pies. Los flancos de los dedos gordos exhibían dos heridas pequeñas. De ellas surgían un par de hilos tenues y resistentes que se insertaban en las uñas. Lo mismo ocurría con el centro de mis plantas. Debajo de la piel, mi amigo Sebastián, el médico, había instalado dos juegos de minúsculos chips, verdaderos laboratorios que medirían la densidad del sudor, la concentración del polvo o la composición del barro. Lo más importante eran las sofisticadas cámaras que   filmarían todo lo que registraran mis pasos. Más tarde las podría conectar al ordenador y proyectar las películas.

 

 Inicié la marcha a las cinco y media. La mañana estaba clara y el pronóstico anunciaba un día sin lluvias ni nubes, quizá con excesivo calor. Luego de las doce, llegaría con un hambre feroz al recodo del río. Allí esperaría a Mauricio,  mi vecino, que me llevaría a  casa en su camioneta

 

Tal como lo anticipara Sebastián, los chips no producían ninguna molestia. Mis plantas desnudas se adaptaban como siempre a las irregularidades del terreno. La filmación incluía los detalles de la tierra que pisaban así como la perspectiva de los pulgares al avanzar.

 

Aquellos dispositivos podían ubicarse en cualquier parte del cuerpo y aportar al médico elementos que servirían para la investigación o la precisión en ciertos diagnósticos diferenciales. En mi carácter de “barefooter extremo”, al conducirlos en aquella caminata, permitirían estudiar cómo reaccionaban ante una  exigencia inusual. No debía preocuparme de la suerte de los chips. “Ellos se cuidan a sí mismos” — había dicho Sebastián. Colocados en la segunda capa de mi epidermis, yo mismo debía retirarlos al finalizar la marcha. El médico siempre había sido tolerante a lo que llamaba “mi manía de caminar descalzo”. Por eso sospechaba que la inserción de los adminículos, además del interés científico, tendía a complacer el entusiasmo casi infantil que me producía filmar la caminata desde la perspectiva de mis pies.

 

Aquella mañana, el suelo presentaba cantidad de variantes, lo que era una fiesta para mis plantas. De vez en cuando revisaba el cronómetro y hacia las ocho, tomé mi primer descanso.   Sebastián me había pedido que entre al río; los chips podían sumergirse y se requería  probar la capacidad de filmación subacuática.

 

 Me quité la ropa. El agua estaba helada y en aquel punto, la corriente era   impetuosa. Avancé hacia una zona más profunda, donde pudiera sumergirme hasta el cuello, mientras me sostenía de unas rocas para evitar ser arrastrado. Por alguna razón, aquella mañana el río conducía trozos de plantas y formaciones de hojas y tierra que enturbiaban el curso. Levanté una y otra pierna para tener una buena amplitud de enfoque. El resultado de aquella filmación sería monótono para muchos, pero yo estaba seguro de disfrutarlo. Pensar que mis pies registraban lo que ocurría debajo del agua, me producía  una intensa excitación que subía por los dedos y llegaba hasta las ingles.

 

De pronto, un objeto blando y grande golpeó primero mi pierna y luego cayó  sobre el dedo gordo de mi pie derecho. Fue un instante, pero me produjo un fuerte e inexplicable estremecimiento en la médula. Miré hacia la corriente; entre las aguas, se deslizó una mancha pálida que parecía un animal muerto.  Ante aquello, decidí regresar a la orilla donde examiné los hilos y  los chips que parecían encontrarse en su lugar.

 

El resto de camino avancé sin problemas y llegué al recodo del río diez minutos antes de la hora prevista.Me senté bajo la sombra de los árboles y quité algunas espinas de mis plantas mientras esperaba a Mauricio.

 

Una vez en mi casa, sin almorzar, retiré los cuatro chips, y los conecté a la computadora. Como esperaba, las imágenes eran repetitivas y monótonas, pero me resultaba fascinante el trayecto de los pies avanzando entre el polvo. Se habían registrado todas las texturas de la tierra; de vez en cuando las cámaras tomaban hileras de hormigas y briznas de pasto, una de las cuales se pegó al objetivo. El chip había caminado con ella cerca de un kilómetro.

 

 Llegué a la filmación debajo del agua. Para verla mejor, conecté la computadora al televisor y la imagen creció hasta llegar a las treinta y siete pulgadas. Un mecanismo infrarrojo se había activado al entrar en el río;   la luz del sol jugando sobre el agua; brillos leves como exhalaciones; cardúmenes nadando a lo lejos.   Aquellas visiones eran un regalo de mis pies.

 

De pronto me incorporé . En la pantalla había aparecido una figura humana arrastrada por la corriente. Salió del cuadro, regresó y pude verla con nitidez: era una mujer joven. Sus piernas parecían haberse enredado con raíces de la orilla; las corrientes la movieron a un lado y al otro, hasta que por varios segundos el rostro quedó frente al objetivo. Los cabellos eran  blancos, y desde la pantalla me miraron los  ojos sin pupilas. El movimiento de las aguas terminó de desprenderla de las plantas que la sujetaban, desapareció otra vez y casi enseguida volvió a surgir, mostrando su cuello y el resto del desnudo cuerpo; pude ver que faltaba un trozo del pecho izquierdo. Desapareció unos instantes, y fue allí cuando su cabeza golpeó contra mi dedo gordo. Luego el chip la filmó alejándose; las corrientes la zarandeaban en zigzag, como a una gigantesca muñeca..

 

La cámara registró mi salida apresurada del río, y luego retomó la lenta panorámica del pie avanzando; algunos trozos de cielo y la lejanía de los árboles envuelto en el polvo que levantaban las pisadas.

 

Repetí la escena del cadáver por siete veces. Lo más razonable sería avisar a mi amigo el médico para que diéramos parte a la policía. Imaginé las preguntas opresivas, los trámites burocráticos. Todo sería peor si llegaran a encontrar el cuerpo. Sirenas;  automóviles con las luces encendidas, y lo peor, más preguntas. Era como si profanaran algo que la naturaleza me había mostrado sólo a mí. Claro que ocultarlo sería un delito; era de suponer que   había un asesino suelto; que podría volver a matar.

 

¿Y si nadie la mató? — me pregunté. Vi una vez más la película. En los tres tramos en que se mostraba el cuerpo, no había señales visibles de violencia. El trozo del seno que faltaba podía explicarse por el tiempo transcurrido en el agua y los ataques de los peces. Quizá la mujer cayera de uno de los barcos de paseo que partían del muelle sur, o se habría suicidado arrojándose desde   las barrancas del río. Mis datos podrían servir para que la familia supiera de la muerte. Por un momento aquello me decidió. Levanté tres veces el tubo, pero no terminé de discar el número de Sebastián.

 

Almorcé, ya que no había comido nada desde el desayuno y fui a caminar descalzo al parque cercano. Aquel era el recurso que usaba para meditar ante una situación difícil.

 

En una hora recorrí diferentes tipos de suelo: desde la arena gruesa que pinchaba y exfoliaba mis plantas, hasta la tierra fina como azúcar impalpable. Di varias vueltas alrededor de un árbol cuyos frutos eran redondeados y suaves; por último, recorrí la zona abandonada y llena de pantanos que se extendía detrás del parque. Desde mis plantas llegó un clamor  sordo que se tradujo en sentimientos e ideas. El cadáver pertenecía al río. Como los peces, las frutas, las hojas o los objetos que caían en él. El agua los atesoraba, los transformaba, hasta convertirlos en algo diferente de lo que habían sido. Sólo conservaba la forma original como un recuerdo. Sentí naufragar mi deber como ciudadano. Por alguna razón, el cuerpo había elegido esa vía para el viaje de ultratumba; por alguna razón se había revelado a mis pies.   

 

Al regresar, con un programa de edición de video,  corté los dos minutos  de película en los que aparecía la mujer. Luego uní los extremos restantes, completando la larga escena de la marcha y la breve detención en el río. Sólo yo dispondría de la secuencia en la que el brillante y dorado cadáver había danzado para mis pies.

 

Sebastián no sospechó nada. Satisfecho del resultado al que calificó como una verdadera prueba de resistencia, me agradeció y felicitó. Me ofrecí en caso que volviera a necesitar de mis plantas desnudas.

 

La semana siguiente, regresé al río. No pude encontrar el sitio donde me había detenido. La arena roja de la orilla, las formaciones de árboles y los paisajes, eran similares. Había tres lugares parecidos y me dediqué a vadearlos, esperando un nuevo encuentro con el cuerpo. Permanecí largos ratos en diversas posiciones, extendiendo mis pies al empuje de la corriente, arrastrándolos por el pegajoso barro del lecho. No encontré rastros del cadáver.

 

En contra de mis hábitos, durante un par de meses escuché las noticias locales. Conocí la vida íntima de modelos y actrices; intimidades de políticos, robos, asaltos, asesinatos pasionales, pero nada que pudiera estar relacionado con aquella visión que conservaba en el vientre de mi computadora.

 

Han pasado tres años. Algunas veces, como en un oculto ritual, cierro puertas y ventanas y vuelvo a contemplar la extraña y terrible libertad del cadáver del río. Quizá no importen los misterios encerrados en la visión fantástica  de aquel día de verano. Mis pies se habrían limitado a mostrarme la belleza súbita de la muerte, sin especular ni sacar conclusiones; sin esperar ni exigir otra cosa. Era el vínculo oscuro que intuía al caminar descalzo la tierra. El mismo que por primera vez se había convertido en mirada.

 

Ricardo Iribarren

 

Código: 1307095403921
Fecha 09-jul-2013 14:42 UTC

 

4 pensamientos sobre “EL HOMBRE DESCALZO Y EL CADÁVER DEL RÍO. Por Ricardo Iribarren”

  1. vaya relato mas hermoso, enigmático y misterioso , lleno de realismo, fantasía y emoción me enganchaste con tu realto, felicidades por tu talento y maestria al encauzar ideas y tu pluma de na manera magisterial , bravolooooo.

    1. No se pierda los siguientes relatos que van a ir apareciendo hasta final de mes, del mismo autor y sobre el mismo protagonista y temática. Muchas gracias en nombre del autor por tus comentarios.

    1. Buenas tardes, Mara, encantados de que te hayas puesto en contacto con Pulso Digital. Procedemos a enviarle tu correo al Autor para que se ponga en contacto contigo. UN saludo Cordial

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