EL HOMBRE DESCALZO Y EL FRACASO DE EURÍDICE 1ª Parte. Por Ricardo Iribarren

 

 

Hay dos razones para que alguien camine descalzo por la calle: ser pobre de solemnidad o no encontrarse en sus cabales. En los dos casos, la conducta revela un profundo abandono de sí mismo. A Julia, desde niña, le enseñé a usar calzado. Ella no sale de la casa si no es con gruesos zapatos que protejan sus pies de las porquerías del suelo. Señor Ignacio, usted por su edad debería ser serio y responsable. Lamentaría mucho que con esta convivencia que ustedes han insistido en iniciar y mantener, su lamentable hábito se le pegue a mi pobrecita hija.

 

Como la había imaginado, Eduviges Echenique Gorreaga era una dama mayor, vestida con chaqueta y falda negras y blusa blanca. Prendas de corte clásico. En su juventud habría sido una mujer hermosa, ya que su hija había heredado esa nariz respingada que podría ser graciosa; sin embargo, la dama  torcía el rostro en una constante mueca de desagrado, como si oliera un permanente aroma nauseabundo. Al llegar, antes de saludar a Julia con un rápido beso, la regañó porque el vestido no combinaba con los zapatos. Luego se sentó en el borde de la silla y mantuvo el torso recto, las manos cruzadas en el regazo, mirando con seriedad hacia adelante. Por mi parte, permanecí con los pies desnudos todo el tiempo de la visita.

 

 

—    Señora, mi decisión de caminar descalzo es algo personal. Entiendo que   lo cuestione y respeto su opinión, pero no la comparto. También debe saber que no hago proselitismo de mi costumbre, por lo que no influí en forma directa sobre su hija como usted acaba de sugerir.

 

Julia asintió frente a su madre, cuando repetí que el accidente por el cual había tenido que aplicarle varios puntos en la planta del pie, fue su exclusiva responsabilidad. La mujer dijo que sí con la cabeza, pero por la expresión de sus ojos, noté que no escuchaba o no entendía.

 

Lo que concluyo de todo esto es que si se camina descalzo, más tarde o más temprano la persona va a sufrir un accidente. No admitirlo, disculpe usted, es de estúpidos. Es simbólico. Es inevitable. Debe saber que formo parte de una comisión de vecinos dirigida por el inspector Eufrasio Corvo, candidato a alcalde para las próximas elecciones. Entre los objetivos de nuestro movimiento nos oponemos explícitamente al malsano hábito de caminar descalzo, que fue moda desde los hippies hasta ahora. Es tonta la postura romántica de la libertad del pie. Además de las inconveniencias que trae aparejada, de lo calamitoso que resulta para la salud, creemos que una persona que marcha sin zapatos resiente la integridad del cuerpo social, de la familia, de la patria. En otras palabras, un símbolo; un escándalo. Usted comprenderá entonces, señor Ignacio, mi preocupación al advertir que mi hija está repitiendo su hábito…

 

Estaba listo el té y lo serví una taza de la porcelana china. La tomó con la punta de los dedos y antes de beberla, examinó concienzudamente el borde. Después exigió de Julia la promesa de que nunca volvería a salir con los pies desnudos.

 

— Si por mí fuera, los zapatos debieran usarse para dormir, como lo hacen los turcos — dijo con tono sentencioso antes de retirarse.

Todo había empezado tres meses atrás, cuando Julia y yo decidimos vivir juntos. Antes de resolver algo importante, lo consulto con mis pies a través de paseos que realizo descalzo en el parque cercano a mi casa. Frente a la posible relación, la negativa que surgió de mis plantas fue urgente y terminante.

 

Para estar completamente seguro, recurrí  a una sesión de Pedimancia con Marcela. Adivina y Barefooter como yo, nos habíamos conocido en el parque durante nuestras caminatas descalzas. Contaba con veintidós años, rostro aniñado y sonrisa fácil. Era capaz de ver el futuro en las líneas y los detalles de las plantas.

 

Me recibió en la casa antigua donde vivía, con sus pasillos cubiertos de fotos de santones, amuletos de piel de serpiente y exóticos insectos de Oriente encerrados en viejos frascos.

 

—    No sólo son incompatibles, sino que la relación representa un peligro para ella y para ti — sentenció Marcela al referirse a la posible unión con Julia, mientras sostenía mi pie con sus pequeñas manos. Contando con mis conocimientos someros en la materia, me mostró un complicado ramal de líneas en la planta izquierda. Todas confluían en un punto donde la piel cambiaba de color.

—    En caso de continuar con ella, tu vida amenaza en convertirse en este laberinto que ves aquí.

 

En contra de ambas profecías, la de mis pies y la de Marcela, esa misma noche llamé a Julia, quedamos en vernos, tuvimos un encuentro fogoso y dimos por iniciada la relación.

 

 Me seducían demasiado la suavidad de la piel, la sonrisa constante, y hasta la permanente actitud de querer tener razón en todo. También influía la prolongada soledad desde la muerte de mi esposa, que Julia fuera quince años más joven que yo y tuviera un hermoso cuerpo. Cabellos negros y ojos de un gris azulado; quizá le faltara caminar con un balanceo más elegante, pero sabía utilizar esa sonrisa que formaba un pequeño y delicioso hoyo en el mentón para obtener lo que quisiera.

 

En el ámbito festivo, alborozado de una relación reciente, olvidé la profecía surgida de mis pies y las palabras de Marcela, pero de tanto en tanto llegaban de mis plantas rumores o escozores a los que interpretaba como avisos; no satisfechos con aquel vínculo, mis pies repetían una y otra vez la sorda advertencia

 

 

 

 

En el sexo, Julia era fogosa y siempre estaba dispuesta. Sus orgasmos eran volcánicos, prolongados, ruidosos y casi siempre empapaban el colchón.  Las exigencias en cuanto a fantasías sexuales, eran intensas y permanentes. Yo debía ser Hércules y ella Ónfalo, la princesa de Lidia; yo debía ser el oscuro violador cretense, y ella la joven vestal a quien luego castigaría Afrodita convirtiéndola en Medusa; Helena copulando con Héctor; Odiseo con Penélope; Aquiles con sus esclavas; Pigmalión y la estatua que seducía al artista, aún antes de crearse. La Grecia Clásica inspiraba en ella una sucesión de fogosas parafilias y reconozco que si bien no me apasionaban, tampoco me desagradaban.

 

En el fondo, en vez de aquella sexualidad explosiva, hubiera deseado algo más sereno. No sólo por mi edad, sino porque siempre había preferido momentos de quietud en la intimidad. Abrazarnos en silencio bajo la luna; la madurez lenta del amor en las tardes de otoño. Cuando se lo sugería, Julia afirmaba comprenderlo y me prometía que cambiaríamos de hábitos, pero volvía sin cesar a aquella Grecia fuertemente orgiástica, gobernada por Dionisio y la “Hybris”, a la que nunca habría llegado Apolo.

 

En cuanto al mito de Orfeo y Eurídice, la excitaba de modo diferente. A veces apagábamos las luces y mirábamos la luna. Entonces ella se preguntaba cómo habría sido el encuentro de ambos amantes en el Hades; especulábamos imaginando los sentimientos ante el fallido escape del inframundo y la soledad del héroe. Esa historia tocaba en ella fibras sentimentales que iban más allá del sexo. Cierta vez confesó que cuando me pidiera representar el mito, sería una forma de proponerme matrimonio.

 

 

 

 

 

— Supongo que alguna vez volverás a usar zapatos como todo el mundo — dijo cierto día como al pasar. Iba a continuar hablando, pero la interrumpí afirmando que si deseaba que nuestra relación siguiera adelante debía respetar esa costumbre.

 

—    Me interpretaste mal. Claro que te respeto — dijo acariciando mi pecho— tus pies son muy atractivos y dentro de poco saldré a caminar descalza contigo.

 

No contesté y tomé sus palabras como una forma de disculparse ante un comentario torpe. Los pies de Julia eran los más hermosos y proporcionados que había conocido. Además, ella procuraba cuidarlos con cremas suavizantes, aceites, pintura de uñas y adornos, pero sólo se descalzaba en la moqueta del dormitorio y ni siquiera toleraba el roce del parquet. A veces se tendía en la cama con los zapatos puestos y en ocasiones, para bañarse, usaba medias “porque le daba asco pisar la espuma”.

 

 

No le había hablado de Marcela y una tarde le sugerí que fuéramos a una sesión de Pedimancia; suponía que la profecía inicial podría haber cambiado, o que fuera necesario replantearla.  No tuve en cuenta que mi novia era extremadamente celosa. Cuando a nuestro lado pasaba una muchacha atractiva, sin que ocurriera nada me pellizcaba el brazo. Era inútil mi alegato de que no la había visto; que había sido su gesto el que alertara la presencia de la chica. Ella insistía en que “se me habían ido los ojos”, y en todos los casos, la rabia que sentía se resolvía en encuentros fogosos donde el sufrido colchón soportaba estoicamente las tibias inundaciones.

 

—    No voy a dejar que una extraña me revise los pies — dijo Julia con tono terminante ante mi propuesta. A continuación, me preguntó acerca de mi relación con Marcela.

 

—    Es una vieja amiga — contesté — Ella también es Barefooter y en el pasado salimos descalzos a caminar por el parque. Hace muchos años que practica Pedimancia y la consulto con frecuencia.

 

—    Concluyo que tienes con ella algo que no compartes conmigo — afirmó con seriedad. Era la primera vez que la veía realmente enojada; su ceja izquierda se movía involuntariamente.

 

—    ¿Qué es lo que no comparto? ¿Qué quieres decir?

 

—    Sales descalzo con ella y te niegas a hacerlo conmigo.

 

Le expliqué que con Marcela nunca habíamos tenido nada; que desde hacía un año estaba ligada a un profesor de Sumo con quien mantenía una relación estable, pero no me escuchó. Se negó a aceptar cualquier razonamiento y por primera vez permaneció sin hablarme toda una tarde. Recién en la noche cambió de actitud, me preparó un café y pidió conversar conmigo. Volvió a tocar el tema de Marcela.

 

—    Es lo que te dije. Somos amigos.

—    ¿Tú me amas realmente?

 

Advertí que la ceja izquierda volvía a agitarse

 

—    Claro que te amo. Te lo dije muchas veces.

—    Entonces vas a llevarme a caminar descalza por el parque.   Quiero ser tu Barefooter.

 

—     Debes tener en cuenta que no es fácil. Sería mejor que te quites los zapatos en la casa, que recorras los pisos, te acostumbres a diversas texturas y salgas al jardín trasero donde todo está controlado. El parque tiene sus peligros y hay que acostumbrarse. Si me haces caso, podría llevarte en un mes o dos.

—    Claro, pero tú vas con Marcela…

 

Se repitió la discusión en todos los términos. Finalmente pareció ceder en un punto.

 

— Insisto en que no quiero que una extraña toque mis pies, pero permitiré que realices con ella una nueva sesión de … bueno de eso por lo que adivinan. Yo quiero acompañarte.

 

 

 

Aunque no me lo dijo, advertí que Marcela estaba interesada en conocer a Julia y me dio un turno para esa misma tarde. Durante la sesión, mi novia habló muy poco y se sentó en una silla con el cuerpo recto y los ojos muy abiertos. Contestó con monosílabos a las corteses preguntas de la anfitriona y miró con atención como Marcela lavaba mis pies e interpretaba las líneas. Mi salud, mi economía se desarrollaban sin problemas. En el pie izquierdo, volvió a mostrarme el laberinto que culminaba en un cambio del color de la piel.

 

—    Lo demás también está igual — añadió con una mirada de inteligencia.

 

 

Al volver, Julia me hizo otra escena. Insistió en que Marcela me había acariciado el pie con excesiva ternura; que me miraba con “ojos de carnero”. Había captado la referencia a la lectura anterior; por supuesto, no le dije que en ella me había desaconsejado la relación. Terminó llorando amargamente y al intentar consolarla, volvió a exigirme que la lleve a caminar descalza.

 

Un fragor más fuerte que los otros llegó de mis plantas. Mis pies repetían la profecía inicial. A pesar de esto, accedí al pedido, pero le exigí una prueba: con los pies totalmente desnudos, debía atravesar la grama de atrás de la casa, descender los tres escalones de madera, salir a la calle, llegar a la esquina y volver. Si lo cumplía con éxito, podría llevarla durante media hora a recorrer la zona más accesible del parque.

 

—    No entiendo por qué tantas precauciones — dijo desafiante — Todos nacimos descalzos. Si insistes en que es un hábito natural, ¿por qué todo este cuidado neurótico?

—    Es más complicado de lo que parece cuado alguien no está acostumbrado — insistí —soy el primero en desear que me acompañes en mis caminatas, pero un accidente inesperado podría ser doloroso y luego te resultaría difícil retomar el hábito.

 

Por tres veces revisé el trayecto. La grama estaba corta. A la calle la habían limpiado hacía poco. El único problema era un clavo que sobresalía del tercer peldaño en los escalones que conducían a la acera. Se lo mostré para que estuviera atenta.

 

— Verás que no es peligroso — dije — está cerca del centro, pero es visible a simple vista y bajo la luz del día.

 

El día amaneció soleado y Julia salió a eso de las diez de la mañana. Desde la ventana observé como avanzaba en puntas de pie, lentamente, abriendo las piernas como si caminara sobre huevos. Miraba con asco la grama. Había llevado una servilleta de papel y cada tanto se detenía a secarse el rocío que mojaba sus plantas.

 

Demoró cinco minutos en llegar a la escalera. Empezó a descenderla y en el tercer peldaño donde estaba el clavo, se detuvo sentándose. Pensé que iba a levantarse de inmediato, pero luego de varios minutos siguió sin moverse. Abrí la ventana y le pregunté si estaba bien. No me contestó.

 

Salí y al llegar junto a ella observé el pie derecho ensangrentado. El clavo   se había insertado en la almohadilla, por debajo de los dedos. Por primera vez desde que estábamos juntos, me miró con odio

 

—    No me dijiste dónde estaba — me reprochó — no me dijiste con claridad que era peligroso.

 

La tomé en mis brazos y regresé a la casa. Podía curarla yo mismo. Tenía conocimiento y recursos para hacerlo. Repitió una vez más que no le había informado acerca de la amenaza y la responsabilidad era mía.

 

Luego de limpiar la herida, advertí con asombro que no era una simple punzada; que no había retirado el pie al sentir el dolor. Parecía haberlo arrastrado sobre el clavo, ya que la herida se extendía desde la almohadilla hasta el arco. Tuve que colocar anestesia local y unir los labios de la lesión con tres puntos. Finalmente se durmió y advertí que en el sueño seguía agitando la ceja.

 

Ricardo Iribarren

 

 

 

 

Código: 1304174964373
Fecha 17-abr-2013 21:48 UTC

 

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