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EL HOMBRE DESCALZO Y LA PROFECÍA parte 3ª. Por Ricardo Iribarren

 

 

Desde la brusca separación con Julia, seguí corriendo descalzo por el parque como era mi costumbre. Buscaba la grava áspera, puntiaguda; pisaba ramas, frutos y hojas con espinas. Leves torturas que me hacían saltar, pero disminuían parte del dolor de la ausencia.

 

Luego de quince días de soledad, decidí que era el momento de consultar a Marcela. Barefooter como yo, solíamos encontrarnos en nuestras caminatas descalzas. Ella fue quien desatara los celos de Julia. Joven y hermosa, su especialidad era la lectura de las plantas de los pies (A diferencia de las manos, el destino marcado en las mismas sería más preciso e invariable en su cumplimiento) Mi amiga no sólo observaría mi futuro, sino que, con   hierbas y rituales, movería oscuras tendencias a favor de mi felicidad.

 

Al llamarla por teléfono no respondió. Probé con el celular, pero estaba desconectado. En la noche volví a insistir. El aparato repicó durante un rato. Iba a colgar, cuando del otro lado respondió una voz desconocida; el acento era extranjero y pronunciaba mal algunas palabras.

 

—    Marcela viajada a Cancún por vacaciones. Mi nombre es Sandra y reemplazo. Hago adivinación de pies y masaje.

 

Le pregunté si nos conocíamos; era extraño que Marcela nunca la hubiera mencionado. Contestó que no y me dio cita para el otro día a las dos de la tarde. Llegué puntual. Sandra era alta, delgada, de tez oscura. Vestía túnica india, turbante y estaba descalza. Su aspecto armonizaba con lechuzas momificadas, cabezas reducidas, escarabajos sagrados, cuencos antiguos y el resto de  objetos que Marcela acumulaba en paredes y estantes. De rostro largo y anguloso, la mujer no dejaba de sonreír. En ningún momento se quitó los anteojos redondos y espejados, por lo que no pude ver sus ojos.

 

 

—    Veo que acostumbra ir descalzo — comentó al lavar mis pies con agua tibia.

—    Soy un barefooter extremo — expliqué.

—    Sin embargo, no es del todo aconsejable tanto sin zapatos — comentó y se mantuvo en silencio cuando le pregunté por qué.

 

El masaje fue profundo e intenso. Al terminar, sentí una profunda relajación. Tenía algún conocimiento sobre Pedimancia. Sabía, por ejemplo, que el pie derecho revela situaciones concretas y describe la historia personal. El izquierdo expresaría  las relaciones con el destino y el mundo inconsciente. La mujer trazó con carbonilla una cruz en cada una de mis plantas y empezó la lectura por el derecho. Fue precisa al hablar de mi pasado. Mencionó la muerte de mi esposa y  describió con detalle situaciones que no podía conocer, como los problemas con Rafael, mi hijo mayor. También hizo referencia a la ruptura con Julia. Al terminar, pasó al izquierdo.

 

—    Pronto se irán las nubes de su vida. En el próximo mes solucionar problemas antiguos. No sentir ya los males de amores y en cuarenta días todo resuelto.

 

Le pregunté qué quería decir.

 

—    Lo bueno y lo malo caerán en un pozo sin fondo. Comprenderá muchas cosas y otras no, pero no importa porque todo cambiará.

 

—    Me está hablando de un viaje.

 

Había pensado en salir de la ciudad por unos días para olvidar a Julia. Sandra asintió.

 

— Algo parecido a un viaje. En cuarenta días vendrá a buscarlo la muerte.

—    ¿Cómo dice?

—    Que en cuarenta días llegará la muerte.

 

Sin dejar de sonreír, señaló una mancha cerca del arco longitudinal. Pensé que al ser extranjera, confundiría las palabras.

 

—    ¿Me dice que moriré? ¿Que será mi fin?

—    Así es. La muerte vendrá a buscarlo. Será el  quince de mayo… —se inclinó sobre mi planta para observar mejor — a las cuatro y diez de la tarde. Deberá prepararse.

—    ¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo?

—    Poco. Lo que debiera es no tanto descalzo

—    Me dice que no debo caminar descalzo

—    Le digo que debe calzarse un poco. Quizá con eso pueda solucionar algo.

 

No fue mucho más lo que explicó. Pagué la consulta y me retiré confundido. Al llegar a mi casa, examiné el punto del pie. Era una mancha pequeña, de color pardo; casi un lunar. No podía recordar el momento en que había surgido.

 

Decidí olvidar la profecía, pero esa noche me costó dormirme. Sin conocerme, la mujer había descripto el problema con Rafael, la ruptura con Julia y cosas precisas de mi pasado.

 

Al otro día no salí a la mañana y en la tarde calcé unos zapatos viejos. Las horas transcurrieron opresivas, hasta que al atardecer decidí rebelarme contra el augurio. Si la muerte llegaba, era mejor que me encontrara saludable, satisfecho. Salí descalzo como lo hacía siempre y  caminé hasta el lago del parque. Esa noche me costó dormir y al otro día desperté cansado.

 

Calculando el regreso de Marcela, volví a llamarla a los cinco días. Sentí alivio al escuchar su voz. En la tarde tenía un turno libre y me dio una cita.

 

La sonrisa de mi amiga, los gestos de las manos al hablar y la extraña arruga con forma de pájaro que se formaba en la mejilla derecha, me tranquilizaban. Sin duda ella aclararía el mal entendido con la adivina.

 

Antes de la sesión me sirvió café y conversamos. Había terminado con su novio, un profesor de Sumo. La ruptura habría sido súbita y confesó que estaba deprimida. Por mi parte, conté con detalle lo que había ocurrido con Julia, sus veleidades y la inevitable separación.

 

— Mientras no estabas me atendió Sandra — comenté de pronto.

 

Ella me miró desconcertada.

 

—    ¿Sandra? ¿Qué Sandra?

—    La chica que te reemplazó cuando viajaste a Cancún.

 

Me miró como si  hubiera enloquecido.

 

—    No dejé ningún reemplazo. Debes estar confundido.

 

Conté con detalle la sesión; señalé que Sandra era extranjera, que usaba lentes espejados y no había podido observar sus ojos.

 

— La casa permaneció cerrada y yo la encontré igual cuando regresé — Marcela me miraba pálida, con una arruga en el entrecejo — Me dices que te profetizó la muerte

—    Así es. El quince de mayo a las cuatro y diez de la tarde.

 

—    Entonces vamos a ver…

 

Era la primera vez que veía tan nerviosa a mi amiga. Lavó mis pies e hizo el masaje acostumbrado para preparar la adivinación. Al terminar, los coloqué en un cojín y ella revisó la planta derecha. Conocía los detalles de mi familia y de mi vida

 

—    Aquí todo está como siempre. Vamos al izquierdo.

 

Para examinar el pie, utilizó una vara china que presionó en diferentes puntos. Empezó por los dedos y bajó por la planta hacia los talones. Estaba atento a su rostro, y cuando llegó a la mancha, noté que empalidecía.

 

—    ¿Es cierta la profecía?

 

Afirmó con la cabeza. Sus ojos enrojecieron, a punto de llorar.

 

—    No entiendo lo que pasó. La profecía es real, pero no sé quién la hizo. ¿Cómo pudo entrar a mi casa a pesar de estar cerrada?

 

Me explicó que la interpretación no se basaba tan sólo en la mancha, sino en dos líneas vecinas. Ambas se cortaban en un punto excéntrico al lunar. Aquella era una de las pocas señales que en Pedimancia anunciaban una muerte inevitable.

 

—    ¿Es cierto que podría evitarla si no ando descalzo?

 

Marcela respondió que no lo sabía y no pudo evitar un sollozo.

 

En los días que siguieron, mi amiga tomó la predicción como algo personal e intentó averiguar quién podría ser la desconocida. En cuanto a mí, no sólo me llamaba todos los días, sino que pidió a un amigo médico que chequeara mi salud. Al terminar, el galeno informó que mi cuerpo funcionaba a la perfección y me felicitó por el estado del corazón. No podía explicar que una adivina fantasma había profetizado mi muerte con fecha y hora exactas.

 

 Una tarde al llegar a su casa, encontré a Marcela cansada luego de haber indagado entre amigos y colegas. Nadie conocía a la tal Sandra. No podía acudir a la policía, ya que  las cerraduras no habían sido violadas, no faltaban objetos, dinero ni valores y tan sólo contaba con mi declaración. Ella me creía, pero mi palabra no bastaba para formular una denuncia. Llorando, afirmó que si el espectro de una profetisa había utilizado su casa para augurarme la muerte, era por su pésimo karma. Aseguré que no era así; que el quince de mayo no ocurriría nada; que nadie vendría a buscarme.

 

—    Abrázame — pidió con voz débil y lo hice. Sus cabellos despedían un perfume tenue y dulce.

—    Estoy triste — musitó — Abrázame más fuerte.

 

 Nos besamos y al rato estábamos en la cama.

 

Mi amiga siempre me había atraído. Reconozco que los celos de Julia tenían sus razones. Además de las piernas y caderas perfectas, me cautivaba su interés por las caminatas sin calzado y la adivinación a través de los pies. Tiempo atrás me había confesado que andar descalza era para ella una necesidad casi física; que a través de las plantas, recibía alimento de la tierra.

 

En los días que siguieron, cuando hacíamos  el amor, Marcela se prendía de mí como si en ello le fuera la vida. En los orgasmos, estiraba el cuello y gemía como un pájaro. Me desconcertaba que luego de cada encuentro, tuviera un acceso de llanto.

 

Pasó una semana. La relación mejoraba a diario, pero la fecha del quince de mayo pendía como una espada.

 

—    Creo que me estoy enamorando de ti — me confesó  una tarde — aunque no debiera hacerlo; no sé lo que ocurrirá en mayo.

 

Habíamos quedado en una cita diaria. Cuando faltaba una semana para la fecha, al llegar a la hora de siempre, encontré las ventanas tapiadas y la casa vacía. Consulté a los vecinos. El dueño del kiosco cercano me dijo que Marcela se había marchado esa mañana a la ciudad cercana donde vivía su madre. Me entregó una carta que había dejado a mi nombre. En ella reiteraba amarme, y afirmaba que “su corazón se rompía al marcharse”. Reconocía su deserción y temía que nunca la perdonara, pero la cercanía de mi muerte era algo que no podía soportar. Insisto en que es una cobardía dejarte solo, pero siento que es una experiencia que debes afrontar, decía al final de la carta.

 

La partida de Marcela fue un golpe duro y tuve que resistir la tentación de viajar y buscarla en casa de su madre. Pensé recurrir a alguno de mis amigos, pero era época de vacaciones y la mayoría no estaban en la ciudad. Recordé el artículo de un periódico que había leído meses atrás: una mujer se había ahorcado pero antes, colgó del cuello a su gato. No deseaba entrar sola al país de la muerte. Decidí que no caería en aquello. La actitud de Marcela me había dolido, pero de algún modo tenía razón: debía afrontar por mí mismo la profecía.

 

En los días que siguieron pasé por una etapa de paranoia. Pensé en marcharme de la ciudad y no estar en ella el quince de mayo. Incluso preparé maletas, pero a último momento decidí consultarlo con una caminata descalza en el parque. De mis pies llegó un claro clamor:   le otorgaba excesivo poder a un fantasma. Debía esperar la fecha y ver qué ocurría.

 

En las semanas que siguieron traté de despejar mi mente. La primavera había empezado con días  brillantes y ventosos. Temprano en las mañanas, llegaba a la costa del río, donde caminaba kilómetros sin calzado. Procuraba concentrarme en el esfuerzo físico y a la noche me acostaba exhausto. Al día siguiente repetía la rutina. Mis pies estaban más vivos que nunca. En esa época  desarrollé un sentido especial al pisar diferentes tipos de suelos. Percibía las corrientes de aguas subterráneas; insectos y animales que vivían en las profundidades; los diferentes estratos y texturas; las casas que se habían levantado en el subsuelo de la ciudad; hasta los fantasmas de quienes las ocuparon.

 

 La mañana del quince de mayo amaneció lluviosa. Cerca del mediodía, las nubes dieron paso a un sol brillante. Comí algo liviano y me dirigí al parque. No llevé calzado. Caminé hasta la pequeña cascada del sudeste. Alguna vez había pensado que aquel era el paisaje donde podría encontrarme antes de mi muerte. Llegué a eso de las tres y media y me senté en una roca. Los minutos pasaron. El cielo se nubló apenas y desde el norte sopló una brisa. Un pájaro marrón se posó en una rama, me miró fijo, cantó con tono de pregunta y se alejó.

 

Cuando fueron las cuatro y diez, llegó Sandra. Vestía la misma túnica india y los anteojos oscuros. Calzaba gruesos zuecos trasparentes. Se detuvo frente a mí y sonrió

 

—    Debí saber que eras tú — murmuré. Ella acentuó la sonrisa

—    Era lo previsible — dijo. Hay muchas cosas que desde la muerte puedo hacer y que te resultarían asombrosas, pero hay otras que no puedo hacer.

—    Debo irme contigo entonces

 

Ella asintió.

 

—    Así será. Pero mejor guardar silencio.

 

Se sentó en la roca que estaba frente a mí. Detrás de los anteojos espejados, me miraba con fijeza.

 

La brisa sopló con más fuerza. Otro pájaro cantó con una síncopa extraña  al ritmo de la cascada. Sandra, o la muerte, no sabía cómo llamarla, continuaba inmóvil. Había cruzado las piernas y tenía las manos sobre el regazo. Miré el reloj; habían pasado veinte minutos de la hora fijada.

 

De pronto sentí que una parte de mí  iba a despegar, pero volvió a su sitio. Aquello se repitió una y otra vez. Dieron las cinco. Los pájaros habían dejado de cantar. A lo lejos escuché el pregón del hombre que vendía nieve azucarada a los niños. Sandra se incorporó. Con su movimiento, sentí un fuerte tirón en mi médula; como si hubiera estado unida a mí y de pronto me abandonara.

 

—    No  puedo llevarte mientras estés descalzo —afirmó con un suspiro — Tendré que esperar. En algún momento usarás zapatos. Apenas te calces, venir conmigo.

 

Dicho esto, se alejó entre los árboles del bosque.

 

Me incorporé. Mis piernas temblaban, pero mis pies reían. La sangre circulaba con fuerza por empeines, dedos y plantas. Mientras regresaba, supe que todo era cierto; que si alguna vez volvía a calzarme, moriría.

 

En el teléfono había dos mensajes de Marcela. Lo descolgué, me acosté y dormí hasta el día siguiente. Más de trece horas, sin despertar.

 

Ricardo Iribarren

Código: 1306135269404
Fecha 13-jun-2013 17:38 UTC

 

2 pensamientos sobre “EL HOMBRE DESCALZO Y LA PROFECÍA parte 3ª. Por Ricardo Iribarren”

  1. Espectacular el relato… Esto es verdad y,no pasa de ser solo un relato más… Esto es una realidad vivida… Yo lo se. Yo puedo aseverarlo! Se enamoraron locamente.
    Es tan gráfico el relato, que me siento como una fisgona, con temor a que ellos me descubran.. Yo rememore mi vida… Y mi alma se llenó de gozo, de amor, por lo que me toco vivir, tan similar..
    Después del amor así, tan tormentoso… Después del amor así… No hay nada más sublime!!
    Mejor me quedo en mis recuerdos… Me lleva a un mundo más etéreo, que no es este… Indudablemente!

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